28/12/02 lima noche del viernes madrugada ...
Trip Start
Dec 27, 2002
1
2
5
Trip End
Jan 12, 2003
28/12/02 Lima
Noche del Viernes, madrugada del Sábado. Llegada al aeropuerto de Lima, clima agradable.
Había leído sobre unos "buses", como los llaman acá, que eran económicos para ir hacia Miraflores donde estaba mi hotel. No tardé en averiguar que el nombre era "el Urbanito", lo que no pude conocer facilmente fue donde tomarlo. Después de esquivar, amablemente al principio y un poco menos al final, a decenas de taxistas se me acercó un tipo con actitud amable a conversar conmigo, habiendo vivido tantas "actitudes amables espontáneas" en Buenos Aires mis genes de ciudad me pusieron en alerta. Al rato también lo hizo un guardia del aeropuerto. La conversación terminó cuando me preguntó si venía de la selva y respondí que sí, agrego "de Quito?" y contesté que no, que venía de la selva, de Buenos Aires. Instantáneamente se alejó de mí... deduzcan. Encontré finalmente "el Urbanito" descreyendo a los taxistas que seguían insistiendo con que ya no pasaba a esa hora con la complicidad de algún que otro guardia del aeropuerto. Me hicieron esperar mas o menos una hora para salir que la dediqué a leer el nuevo número de "Etiqueta Negra: Viajes" una revista que conocí por mi jefe y me pareció excelente. Confieso que leer historias de viajes sumado a una charla antes de partir me alentaron a documentar el mío.
Hotel. Cuarto. Un poco de TV y a dormir.
28/12 a la mañana: Salgo del hotel a caminar y hacer un clásico reconocimiento zonal, el barrio Miraflores parece tranquilo. La vida comienza, al menos el Sábado, entre las diez y las once de la mañana. Me doy cuenta que necesito una mochila chica para salir sin el armatoste de viaje que cargo y lo fijo como primer objetivo de mi recorrido. Me tomo un café express "al paso" y converso con un par de personas que me aconsejan como llegar a la Plaza de Armas de Lima. Esperando las once que abre la tienda Ripley busco una librería para comprar un cuaderno y una lapicera.
En el transcurso de la mañana me entretengo observando a la gente, principalmente a las mujeres peruanas (Debo confesar que a los hombres sólo los miraba cuando parecían un poco sospechosos y no puedo hacer demasiado análisis de ellos). Como soy extranjero y se nota puedo simular una mirada rara, perdida pero directa sin que resulte abusiva. Me cruzo con muchos tipos de mirada, muy distintas a las porteñas que estoy acostumbrado. La mirada de las porteñas es indiferente, dedican un reojo, enserian la cara, ponen más firme el cuerpo y muestran un anormal y esforzado poco interés dejando ahogar sus pensamientos en la siguiente vidriera de la Av. Santa Fé. Las limeñas tienen curiosidad e inocencia en la mirada. Aparte de ser y parecer extranjero las miradas que recibo son casi indiscretas, como quién espía, curiosas, profundas, dejando a veces dibujar una media sonrisa estilo Gioconda que, imagino, les permite fantasear un poco. Por supuesto nada pasa, igual que en Buenos Aires, pero el momento se disfruta, no se inhibe en la licuadora cultural. Finalmente abre Ripley, compro la mochila y me tomo un taxi (que luego me entero que es ilegal pero inofensivo) y pago ocho soles para llegar a "Downtown Lima".
En el viaje converso con el taxista que me empieza a contar el viaje anterior: un argentino y una peruana que se conocieron por email. Acto seguido habla de los argentinos hasta que me escucha hablar y me afirma con sorpresa que yo soy uno de ellos (con esa expresión me sentí casi un alien en Perú -gracias Sting-). Como no quiero cortar el hilo de ideas que me estaba regalando le digo que soy uruguayo, que hablamos igual, tomamos mate y escuchamos tango. Logro así que se relaje un poco y continúe su relato. Tal vez
porque no me creyó, o porque no lo sentía, no tiene expresiones duras sino más bien simpáticas con los porteños (prototipos obligados del argentino en el mundo). Me dice que son muy mirones, que se les cae la cabeza por la ventana del auto por mirar una mujer. Pregunta al éter porqué será y se responde que quizás por la frialdad de las argentinas. Sigue con las peruanas, que prefieren a los extranjeros que a los locales "tienes que probar una peruana amigo, son caliennnteeees" mientras se ríe y escupe el volante y yo pr
eparo la negativa a su oferta que no llega y me deja pensando en la mentalidad corrupta que supimos conseguir. Siguió interesándose en mi viaje y me recomendó un pueblo llamado Guaraz, me habló de Iquito, de la hayahuasca alucinógena y las mujeres insaciables que
allí habitan y que "no se conforman ni con dos ni con tres, son exprimidoras humanas."(sic)
Llego a la Plaza de Armas rodeada por imponentes edificios y me propongo caminar en círculo antes de explorar las calles repletas de gente que se asomaban en cada esquina. Por supuesto no lo logré. En la primer esquina veo de fondo unas montañas y cámara de fotos en mano doblo a la derecha bordeando "la casa del presidente". Había muchísima gente, negocios poco interesantes y los vendedores ambulantes que me ofrecían limpiar mis zapatos de gamuza, medir mi peso, colaborar en alguna causa, comprar golosinas, porros, mujeres y otras drogas que no llego a recordar el nombre, "tengo hasta un menú como en Amsterdam" me gritaba un tal Ambrosio (al menos así se presentó). Cruzo una especie de dique y un policía me intercepta para instruirme en medidas de seguridad: la mochila adelante, la cámara de fotos guardada. Luego me recomienda directamente regresar en la dirección que venía.
Le hago caso y vuelvo, miro y entro en una feria de libros del Club Unión, no hay mucho pero encuentro por siete soles "Los heraldos negros" de César Vallejo que empiezo a leer sentado frente a una cerveza "Cusqueña". Hace calor. Termino la cerveza, busco un taxi, diez soles, muy caro, ocho soles, vamos.
El taxista es profesor secundario de mecánica en una escuela técnica. Hablamos de Cuzco, Puno y Lima, de Toledo, de Fujimori y los beneficios que le dió a Perú a pesar de su autoritarismo y de la mano del desarticulado Sendero Luminoso volvemos a los caminos selváticos. Me habla de un lugar llamado Tarapoto, como lo había oído nombrar le pregunto más. Fue tres años profesor ahí y se entusiasma en los recuerdos de aquella época: a cuarenta km. las plantaciones de coca, hacia el noreste un camping de Sendero Luminoso. Hoy, dice, es muy tranquilo y vale la pena conocerlo, buen clima, aguas termales y la laguna del sauce para bañarse el día entero. Sólo se llega en una hora de avión que cuesta aproximadamente U$ 50, por tierra 30 horas aprox..
Era ahí, me pase, fue por la charla, retomo y te dejo en el hotel.
Feliz año amigo, disfruta del Perú.
Son las cuatro y pico de la tarde y aprovecho que el dueño del hostal no está para dormir una siesta sin desarmar el cuarto ni pagar recargo. Me levanto, seis de la tarde, rearmo la mochila armatoste y devuelvo la habitación avisándole al encargado que como mi avión a Cuzco parte a las seis de la mañana no la voy a usar otra noche. Le dejo la mochila y encaro con dirección a la costa.
Casi llegando (ya veía el mar, un morro y en la punta un gran cruz iluminada) me cruza una regordeta hiperquinética que me ofrece un papelito: Qué es?. Un poema, es que quiero publicar un libro y busco colaboración, lo que puedas. Es que no tengo nada, salí un rato del hotel a caminar, lo puedo leer? Me gustan los poemas. De donde eres?. De Buenos Aires. Se aleja de un salto mientras me dice "Disculpa, has de cuenta que no he dicho nada". Reflexiona y vuelve, yo en la misma posición: "Un joven de Buenos Aires que no me insulta y le gustan los poemas?? y también conversa conmigo?? Mañana llueve o esto es un sueño." Me quedo leyendo el poema mientras me habla sin parar de cosas que no recuerdo. Para mostrarle que no miento saco de mi mochila el libro de César Vallejo, se entusiasma y me regala el papelito con el poema y sin la colaboración:
TUS OJOS
Tus ojos, ojos líquidos, líquidos
aguados,
Agua que cae a tus hombros, hombros,
en donde apoyo mis cabellos, cabellos
sueltos.
Sueltos en tu ropa, ropa que yo abrazo,
abrazos de mis brazos, brazos que
rodean tu cuello,
cuello que yo beso, besos que arden en
tu boca.
Boca inmesa en ambrosía, ambrosía
que embarga mi alma.
Alma que se deshace en lágrimas,
lágrimas de alegría.
Alegría que nace de mi pecho, pecho
que arde en deseo.
Deseo intenso y febril como
la fiebre
que incendian tus ojos
Ojos líquidos....
Tus ojos.
Gypsy
(espero que no te moleste que lo haya copiado)
Me interroga sobre mi itinerario y le cuento. Cuidado, dice, en Puno hace muchísimo frío, es un lugar feo, pero la gente muy amable. Arequipa es lindo pero tienes que cuidarte de las Pepas. Son mujeres hermosas, bien formadas, que te seducen y luego, en la mitad de la charla, te tiran una pepa en tu copa (pepa=valium concentrado). Cuando pierdes el conocimiento los "patas" que están en otra mesa dicen ser parientes y te sacan del lugar donde te dejan sin nada, te roban hasta la ropa que llevas puesta. Le agradezco el consejo, el poema y le prometo colaborar con su libro a mi regreso por Lima.
Llego finalmente a la costa donde se levanta un centro comercial con vista a unos acantilados y al mar. Me siento en un café, caro, y escribo. Las mesas de alrededor están en su mayoría ocupadas por extranjeros con peruanas que hablan un ingléspañol bastante simpático y me miran, sólo y escribiendo, con mucha curiosidad.
Noche del Viernes, madrugada del Sábado. Llegada al aeropuerto de Lima, clima agradable.
Había leído sobre unos "buses", como los llaman acá, que eran económicos para ir hacia Miraflores donde estaba mi hotel. No tardé en averiguar que el nombre era "el Urbanito", lo que no pude conocer facilmente fue donde tomarlo. Después de esquivar, amablemente al principio y un poco menos al final, a decenas de taxistas se me acercó un tipo con actitud amable a conversar conmigo, habiendo vivido tantas "actitudes amables espontáneas" en Buenos Aires mis genes de ciudad me pusieron en alerta. Al rato también lo hizo un guardia del aeropuerto. La conversación terminó cuando me preguntó si venía de la selva y respondí que sí, agrego "de Quito?" y contesté que no, que venía de la selva, de Buenos Aires. Instantáneamente se alejó de mí... deduzcan. Encontré finalmente "el Urbanito" descreyendo a los taxistas que seguían insistiendo con que ya no pasaba a esa hora con la complicidad de algún que otro guardia del aeropuerto. Me hicieron esperar mas o menos una hora para salir que la dediqué a leer el nuevo número de "Etiqueta Negra: Viajes" una revista que conocí por mi jefe y me pareció excelente. Confieso que leer historias de viajes sumado a una charla antes de partir me alentaron a documentar el mío.
Hotel. Cuarto. Un poco de TV y a dormir.
28/12 a la mañana: Salgo del hotel a caminar y hacer un clásico reconocimiento zonal, el barrio Miraflores parece tranquilo. La vida comienza, al menos el Sábado, entre las diez y las once de la mañana. Me doy cuenta que necesito una mochila chica para salir sin el armatoste de viaje que cargo y lo fijo como primer objetivo de mi recorrido. Me tomo un café express "al paso" y converso con un par de personas que me aconsejan como llegar a la Plaza de Armas de Lima. Esperando las once que abre la tienda Ripley busco una librería para comprar un cuaderno y una lapicera.
En el transcurso de la mañana me entretengo observando a la gente, principalmente a las mujeres peruanas (Debo confesar que a los hombres sólo los miraba cuando parecían un poco sospechosos y no puedo hacer demasiado análisis de ellos). Como soy extranjero y se nota puedo simular una mirada rara, perdida pero directa sin que resulte abusiva. Me cruzo con muchos tipos de mirada, muy distintas a las porteñas que estoy acostumbrado. La mirada de las porteñas es indiferente, dedican un reojo, enserian la cara, ponen más firme el cuerpo y muestran un anormal y esforzado poco interés dejando ahogar sus pensamientos en la siguiente vidriera de la Av. Santa Fé. Las limeñas tienen curiosidad e inocencia en la mirada. Aparte de ser y parecer extranjero las miradas que recibo son casi indiscretas, como quién espía, curiosas, profundas, dejando a veces dibujar una media sonrisa estilo Gioconda que, imagino, les permite fantasear un poco. Por supuesto nada pasa, igual que en Buenos Aires, pero el momento se disfruta, no se inhibe en la licuadora cultural. Finalmente abre Ripley, compro la mochila y me tomo un taxi (que luego me entero que es ilegal pero inofensivo) y pago ocho soles para llegar a "Downtown Lima".
En el viaje converso con el taxista que me empieza a contar el viaje anterior: un argentino y una peruana que se conocieron por email. Acto seguido habla de los argentinos hasta que me escucha hablar y me afirma con sorpresa que yo soy uno de ellos (con esa expresión me sentí casi un alien en Perú -gracias Sting-). Como no quiero cortar el hilo de ideas que me estaba regalando le digo que soy uruguayo, que hablamos igual, tomamos mate y escuchamos tango. Logro así que se relaje un poco y continúe su relato. Tal vez
porque no me creyó, o porque no lo sentía, no tiene expresiones duras sino más bien simpáticas con los porteños (prototipos obligados del argentino en el mundo). Me dice que son muy mirones, que se les cae la cabeza por la ventana del auto por mirar una mujer. Pregunta al éter porqué será y se responde que quizás por la frialdad de las argentinas. Sigue con las peruanas, que prefieren a los extranjeros que a los locales "tienes que probar una peruana amigo, son caliennnteeees" mientras se ríe y escupe el volante y yo pr
eparo la negativa a su oferta que no llega y me deja pensando en la mentalidad corrupta que supimos conseguir. Siguió interesándose en mi viaje y me recomendó un pueblo llamado Guaraz, me habló de Iquito, de la hayahuasca alucinógena y las mujeres insaciables que
allí habitan y que "no se conforman ni con dos ni con tres, son exprimidoras humanas."(sic)
Llego a la Plaza de Armas rodeada por imponentes edificios y me propongo caminar en círculo antes de explorar las calles repletas de gente que se asomaban en cada esquina. Por supuesto no lo logré. En la primer esquina veo de fondo unas montañas y cámara de fotos en mano doblo a la derecha bordeando "la casa del presidente". Había muchísima gente, negocios poco interesantes y los vendedores ambulantes que me ofrecían limpiar mis zapatos de gamuza, medir mi peso, colaborar en alguna causa, comprar golosinas, porros, mujeres y otras drogas que no llego a recordar el nombre, "tengo hasta un menú como en Amsterdam" me gritaba un tal Ambrosio (al menos así se presentó). Cruzo una especie de dique y un policía me intercepta para instruirme en medidas de seguridad: la mochila adelante, la cámara de fotos guardada. Luego me recomienda directamente regresar en la dirección que venía.
Le hago caso y vuelvo, miro y entro en una feria de libros del Club Unión, no hay mucho pero encuentro por siete soles "Los heraldos negros" de César Vallejo que empiezo a leer sentado frente a una cerveza "Cusqueña". Hace calor. Termino la cerveza, busco un taxi, diez soles, muy caro, ocho soles, vamos.
El taxista es profesor secundario de mecánica en una escuela técnica. Hablamos de Cuzco, Puno y Lima, de Toledo, de Fujimori y los beneficios que le dió a Perú a pesar de su autoritarismo y de la mano del desarticulado Sendero Luminoso volvemos a los caminos selváticos. Me habla de un lugar llamado Tarapoto, como lo había oído nombrar le pregunto más. Fue tres años profesor ahí y se entusiasma en los recuerdos de aquella época: a cuarenta km. las plantaciones de coca, hacia el noreste un camping de Sendero Luminoso. Hoy, dice, es muy tranquilo y vale la pena conocerlo, buen clima, aguas termales y la laguna del sauce para bañarse el día entero. Sólo se llega en una hora de avión que cuesta aproximadamente U$ 50, por tierra 30 horas aprox..
Era ahí, me pase, fue por la charla, retomo y te dejo en el hotel.
Feliz año amigo, disfruta del Perú.
Son las cuatro y pico de la tarde y aprovecho que el dueño del hostal no está para dormir una siesta sin desarmar el cuarto ni pagar recargo. Me levanto, seis de la tarde, rearmo la mochila armatoste y devuelvo la habitación avisándole al encargado que como mi avión a Cuzco parte a las seis de la mañana no la voy a usar otra noche. Le dejo la mochila y encaro con dirección a la costa.
Casi llegando (ya veía el mar, un morro y en la punta un gran cruz iluminada) me cruza una regordeta hiperquinética que me ofrece un papelito: Qué es?. Un poema, es que quiero publicar un libro y busco colaboración, lo que puedas. Es que no tengo nada, salí un rato del hotel a caminar, lo puedo leer? Me gustan los poemas. De donde eres?. De Buenos Aires. Se aleja de un salto mientras me dice "Disculpa, has de cuenta que no he dicho nada". Reflexiona y vuelve, yo en la misma posición: "Un joven de Buenos Aires que no me insulta y le gustan los poemas?? y también conversa conmigo?? Mañana llueve o esto es un sueño." Me quedo leyendo el poema mientras me habla sin parar de cosas que no recuerdo. Para mostrarle que no miento saco de mi mochila el libro de César Vallejo, se entusiasma y me regala el papelito con el poema y sin la colaboración:
TUS OJOS
Tus ojos, ojos líquidos, líquidos
aguados,
Agua que cae a tus hombros, hombros,
en donde apoyo mis cabellos, cabellos
sueltos.
Sueltos en tu ropa, ropa que yo abrazo,
abrazos de mis brazos, brazos que
rodean tu cuello,
cuello que yo beso, besos que arden en
tu boca.
Boca inmesa en ambrosía, ambrosía
que embarga mi alma.
Alma que se deshace en lágrimas,
lágrimas de alegría.
Alegría que nace de mi pecho, pecho
que arde en deseo.
Deseo intenso y febril como
la fiebre
que incendian tus ojos
Ojos líquidos....
Tus ojos.
Gypsy
(espero que no te moleste que lo haya copiado)
Me interroga sobre mi itinerario y le cuento. Cuidado, dice, en Puno hace muchísimo frío, es un lugar feo, pero la gente muy amable. Arequipa es lindo pero tienes que cuidarte de las Pepas. Son mujeres hermosas, bien formadas, que te seducen y luego, en la mitad de la charla, te tiran una pepa en tu copa (pepa=valium concentrado). Cuando pierdes el conocimiento los "patas" que están en otra mesa dicen ser parientes y te sacan del lugar donde te dejan sin nada, te roban hasta la ropa que llevas puesta. Le agradezco el consejo, el poema y le prometo colaborar con su libro a mi regreso por Lima.
Llego finalmente a la costa donde se levanta un centro comercial con vista a unos acantilados y al mar. Me siento en un café, caro, y escribo. Las mesas de alrededor están en su mayoría ocupadas por extranjeros con peruanas que hablan un ingléspañol bastante simpático y me miran, sólo y escribiendo, con mucha curiosidad.

